Personalidades
donate Books CDs HOME updates search contact

Gregorio VII y la Condesa Matilde - I

San Gregorio VII Perdona a Regañadientes a Enrique IV

Margaret C. Gallitzin
Esta historia, tomada y adaptada del Mensajero del Sagrado Corazón de Jesús de 1876, destaca el papel que desempeñó la Condesa Matilde, Princesa de Toscana, en la Crisis de las Investiduras. Habiendo perdido a ambos padres y a su esposo, permaneció casi sola como defensora del Papa Gregorio VII y de la Iglesia frente a su primo, el entonces Rey Enrique IV, quien más tarde se convertiría en Emperador alemán.

Describimos la famosa escena de Enrique IV suplicando perdón ante el gran Papa Gregorio VII en su Castillo de Canossa, donde este se había refugiado. Que el lector note cuán en serio tomaban Emperadores, Obispos y el pueblo la sentencia de excomunión en el siglo XI.


San Gregorio VII, detalle de un rollo de exultet de 1087

En la víspera de Navidad de 1075, el Papa Gregorio VII se encontró víctima de un vil complot. Mientras celebraba la Misa en la Iglesia de Santa María la Mayor, una tropa de soldados encabezada por Cencio, un partidario del Rey Enrique IV, llenó la iglesia, se llevó al Papa y lo encerró en su castillo cerca del puente de San Ángelo. Enrique estaba enemistado con el Papa por el derecho a nombrar e investir Obispos, lo cual formaba parte de una disputa de siglos de antigüedad, la famosa Cuestión de las Investiduras.

El Papa fue liberado poco después por el pueblo, pero resultó herido y por poco no escapó con vida. Al conocer esta noticia, la Condesa Matilde de Toscana –que era prima del Rey Enrique IV pero apoyaba de todo corazón la reforma del Papa– montó a caballo y, al frente de sus tropas, partió hacia Roma.

Conmovido por su dolor, su piedad y su valentía, el pueblo se postraba ante ella a su paso, llamándola la Gran Contessa [la Gran Condesa].

El Pontífice herido fue objeto del tierno cuidado de Matilde. Ella lo había apoyado anteriormente como Cardenal. Se dirigía a Roma con el propósito de conducirlo a Lombardía, donde pudiera residir con mayor seguridad que en la ciudad de los Césares.

Así partió Gregorio VII junto con Hugo, el Abad de Cluny, y algunos Cardenales, bajo la escolta de Matilde, seguida por un séquito de caballeros y hombres de armas. Ella avanzó, casi sin detenerse, hacia Vercelli para llegar a Mantua. Allí supo de la llegada del Rey Enrique, que venía desde Alemania, y de la agitación que su presencia causaba en el Piamonte y en Lombardía.

Para evitar la posibilidad de un ataque sorpresa, Gregorio se retiró a la fortaleza de Canossa, patrimonio de la Condesa, situada en las fortalezas montañosas de Reggio. Construida sobre una roca y fortificada con un triple recinto de murallas, Canossa se consideraba inexpugnable. Gregorio no podría haber elegido un refugio más seguro, aunque estuviera a las mismas puertas del territorio enemigo.

Enrique convoca un concilio

Enrique, de regreso en Alemania, convocó un sínodo de Obispos en Worms (1076). Hizo que pronunciaran una sentencia de deposición contra Gregorio.

En el Sínodo de Worms Enrique jura arrastrar al Papa del Trono Papal

El Papa Gregorio, a su vez, convocó una asamblea de Obispos y Señores para juzgar los actos del Rey. Matilde estuvo presente y escuchó las palabras de excomunión pronunciadas contra su indigno primo y los Obispos que lo apoyaban.

Sabiendo que su Monarca había sido excomulgado, los Príncipes y Señores alemanes resolvieron deponerlo en un año si no era absuelto. Así, Enrique abandonó sus designios y se dispuso a buscar el perdón del Papa.

Proscrito y fugitivo, con su esposa e hijo, el Rey depuesto cruzó los Alpes en medio del hielo y la nieve de un invierno riguroso. Apenas había puesto pie en suelo italiano cuando escribió a su prima Matilde para que intercediera en su favor y dispusiera al Papa a la indulgencia y al perdón. Matilde prontamente prometió complacer su petición.

En su camino hacia Canossa, Enrique fue precedido por varios Obispos alemanes, excomulgados como él mismo, que venían, descalzos y vestidos con el hábito de penitencia, a arrojarse a los pies del Sumo Pontífice. Los Obispos fueron liberados del anatema fulminado contra ellos y, con su sumisión, dieron a su Rey un ejemplo de arrepentimiento.

Finalmente el perdón

Habiendo llegado a cierta distancia del castillo, Enrique deseó una entrevista con Matilde, que ella no rehusó. En aquella ocasión se reunieron Adelaida, la madrastra de Enrique, el Margrave Alberto Azzo, tío de Matilde, y además otros Señores italianos, Hugo, el célebre Abad de Cluny.

Enrique pidió ser prontamente reincorporado a la Iglesia, diciendo que se acercaba el aniversario de su excomunión –un momento ansiosamente esperado por sus enemigos para declararlo depuesto del Trono alemán.

Enrique con su esposa e hijo pidiendo reunirse
con el Papa y recibir el perdón

El Papa Gregorio, no sin razón, sospechaba de la sinceridad del arrepentimiento de Enrique, cuyo único motivo parecía ser el mantenimiento de su Corona; sin embargo, le permitió hacer penitencia con la condición de que dejara de lado sus Insignias Reales.

Vestido con ropas de duelo, Enrique, impaciente por la demora y temiendo ser absuelto demasiado tarde, avanzó junto con los demás excomulgados de su séquito hasta las murallas de Canossa, sin esperar la última respuesta del Pontífice. Entonces, llamando a la puerta del castillo, humildemente pidió permiso para entrar.

Admitido solo en el segundo recinto sin entrar en el castillo, permaneció allí, descalzo en la nieve y en ayunas hasta la noche, durante el intenso frío del mes de enero. En los dos días siguientes regresó al mismo lugar a realizar la misma penitencia, y con lágrimas en los ojos, esperaba humildemente el momento en que el Papa juzgara oportuno absolverlo.

Tras haber pasado por esta severa prueba, deseó retirarse sin ser absuelto, pero antes de hacerlo entró en la capilla de San Nicolás, que estaba cerca. Con los ojos anegados en lágrimas, suplicó por última vez al Abad de Cluny que fuera su intercesor.

"Eso no servirá de nada," fue la breve respuesta del Abad.

Matilde, presente en esta entrevista, profundamente conmovida por la humillación de un Rey que era al mismo tiempo pariente suyo, se unió a él para suplicar al Abad que intercediera.

La Condesa Matilde intercede por Enrique, su primo, quien comparece ante Gregorio

Pero el Abad Hugo respondió: "Nadie, oh Condesa, podrá tener éxito en este asunto tan bien como vos."

Doblando su rodilla ante ella, el Rey habló entonces: “Si no vienes en mi ayuda, jamás volveré a romper una lanza, pues el Papa me ha herido y mi brazo está marchito. Ve, buena prima mía, y ruégale que me bendiga.“

Matilde se apresuró y, entrando de nuevo en el castillo, suplicó al Pontífice que pusiera fin a la rigurosa penitencia del Rey. Los Señores italianos que rodeaban a Gregorio VII se conmovieron tanto de compasión que, a pesar de su piadosa admiración por el Papa, censuraron su severidad.

Gregorio permaneció inconmovible; ató a Enrique mediante un juramento y llamó a los Señores y Obispos presentes para que fueran garantes de su cumplimiento, eximiendo al Rey de jurar en persona, tan poca confianza depositaba en su palabra real.

Por fin, al cuarto día de su penitencia, el 26 de enero de 1077, el Papa permitió que Enrique compareciera en su presencia. El Rey entró, descalzo, junto con los demás excomulgados, mezclando sus lágrimas con las de ellos. Se arrojó al suelo en forma de cruz, repitiendo varias veces: "Perdón, Santo Padre; perdóname, Padre misericordioso."

Gregorio, al verlo llorar, dijo: “¡Basta! ¡Basta!" El Papa consintió en revocar la sentencia de excomunión y recibir de nuevo al Rey en el seno de la Iglesia.

El desafío del Papa Gregorio

Mientras el Papa celebraba la Misa con gran solemnidad, a punto de comulgar y sosteniendo ya la Sagrada Hostia en sus manos, se volvió hacia Enrique y pronunció estas palabras:

"Me habéis acusado de haber alcanzado la Santa Sede por simonía, de haber cometido crímenes que me incapacitaban para recibir las Sagradas Órdenes. Puesto que no puedo justificarme mediante el testimonio de quienes me han conocido desde la infancia hasta el día de hoy, deseo en esta ocasión apelar, no al juicio de los hombres, sino al de Dios. Que el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, que estoy a punto de recibir, sea hoy prueba de mi inocencia; que Dios disipe toda sospecha o me haga morir en este instante si soy culpable."

El Papa Gregorio pide a Enrique recibir la otra mitad de la hostia como garantía de su inocencia; Enrique se niega

Entonces Gregorio partió la Hostia y comulgó con la mitad de ella. Ante esto, quienes habían logrado entrar en la capilla prorrumpieron en exclamaciones de alegría, ensalzando al Pontífice, su valor y su inocencia.

El Papa presentó la otra mitad de la Hostia al Rey con estas palabras:

"Hijo mío, si os place, haced lo que me habéis visto hacer. No pasa un solo día en que los Príncipes alemanes no me presenten cargos contra vos que os inhabilitan para la dignidad real, para la comunión con la Iglesia e incluso os hacen indignos del derecho de ciudadano. Exigen que seáis juzgado ...

“Seguid, pues, hijo mío, el consejo que os doy, y si sentís que no sois culpable, recibid esta otra mitad de la Hostia, para que, con prueba tan convincente de vuestra inocencia, cerréis la boca a vuestros enemigos."

Ante propuesta tan inaudita y terrible, Enrique se agitó y balbuceó algo, mientras el sudor brotaba de cada poro de su cuerpo. Se retiró para pedir el consejo de sus acompañantes sobre el curso a seguir, y llegó a la conclusión de que sería mejor rogar al Papa que aplazara esta prueba hasta que se convocara una dieta general.

Gregorio no insistió más en el asunto, sino que terminó su Misa. Así se desenredó una trama digna de tan gran drama. La huida del Rey ante la Hostia que el Papa le ofrecía asombró al pueblo no menos que si hubiera caído muerto al recibirla.

Estatua de Matilde sobre su lápida en la Basílica de San Pedro

Por un momento, Matilde había creído haber triunfado sobre la iniquidad del Rey culpable y sobre la severidad del Santo Padre. Por un momento acarició la esperanza de que "la Misericordia y la Paz se habían encontrado, que la Justicia y la Paz se habían abrazado" en la Capilla de Canossa.

Pero cuando supo que el Papa había eximido al Rey de jurar en persona, tan poca confianza depositaba en su palabra, su confianza comenzó a vacilar. Luego, al ver a Enrique primero temiendo y finalmente rechazando el "juicio de Dios," sus esperanzas e ilusiones se desvanecieron rápidamente.

¡Qué motivo de tristeza y confusión para su noble alma, que tan bien comprendía que la lealtad debía habitar en el corazón de los Reyes, al contemplar a su indigno primo carente de esta virtud; al saber que, con su deslealtad, se entregaba a las execraciones de su pueblo y quedaba para siempre atado a la picota de la Historia!

De ahí en adelante presenció una guerra incesante e implacable entre el Papa y Enrique, la cual su título de protectora de la Sede Apostólica le imponía el deber de sostener.

Continuará

Comparta

Blason de Charlemagne
Síganos



Publicado el 18 de agosto de 2026

Temas de interés relacionados
Related Works of Interest
A_civility.gif - 33439 Bytes A_courtesy.gif - 29910 Bytes A_family.gif - 22354 Bytes